Tarta rústica con frambuesas

Adoro las frambuesas. Me gusta su intenso sabor  y el olor a bosque, a lluvia, a verde que tienen…. Hace un par de semanas publiqué una tarta de nectarinas y frambuesas, y en menos de un mes hoy vuelvo con una tarta de frambuesas…. lo siento, ¡no lo puedo evitar! Y lo peor es que probablemente no sea la última, pues tengo tal recopilación de recetas interesantes con frambuesas, solas o acompañadas, que podría pasarme un mes entero escribiendo sólo de éstas ;-) Tranquilos, no quiero perder lectores por culpa de las frambuesas, pero alguna que otra receta seguro que cae antes de que termine la temporada.

Mientras la tarta se hacía en el horno, la masa se desbordó; ése es el motivo de los bordes un tanto irregulares. Espero me perdonéis por este fallo. Es la primera vez que utilizaba este molde y aún no le he cogido la vuelta en cuanto a los volúmenes ;-)

En cuanto a la masa, decidí adaptar la receta original (de la revista sueca Lantliv Mat och Vin) y mezclar la harina de trigo con almendra molida. Me gusta mucha la textura crujiente que aportan las almendras y lo bien que combinan con la acidez de la frambuesa.

Lo mejor de esta tarta rústica es su sencillez. Es muy fácil de hacer y no toma nada de tiempo, creedme. En 20 minutos está todo mezclado, ¡y al horno! Recuerdo que hice esta tarta un domingo a las 7 de la mañana…. Esa mañana me levanté tempranito, con la ilusión de tener lista la tarta antes de que mis hijos Hugo y Maia se levantasen…. y acabasen con la tranquilidad y el sosiego que reina en mi casa, y en cualquier otra, cuando casi todos sus habitantes duermen…. Soñar no cuesta nada, claro está, y  a las siete menos cuarto Hugo hacía su entrada triunfal en la cocina, donde yo aún no había terminado de tomar mi primer café de la mañana… pobre de mí y de mis ambiciones pasteleras!!! En cualquier caso, yo estaba más que determinada en preparar aquella tarta sí o sí, así que el “de pie” de Maia unos minutos más tarde tampoco me hizo cambiar de opinión. (Por cierto, mis hijos siempre se levantan a la vez… en cuanto uno oye que el otro ya anda libre por toda la casa, es incapaz de quedarse en la cama, aunque se esté muriendo de sueño. Ya pueden ser las cinco y media de la mañana, me consta). Preparé el bizcocho mientras mis adorables “diablillos” saltaban por el salón, organizaban carreras por el pasillo, revoloteaban por la cocina, se peleaban por el mismo juguete y me pedían alguna que otra galleta entremedias….y yo les pegaba un grito de vez en cuando, algo estresadita, la verdad….

A pesar de los pesares, no me arrepiento de haber preparado la tarta ese día y a esa hora. Al menos fue por una buena causa. Me gustó tanto, que un día de estos vuelvo a repetir, con frambuesas o sin ellas. Eso sí, aquella tarde de domingo, cuando mis hijos dormían su siesta y el sol inundaba toda mi cocina con una luz maravillosa, típica de finales de verano, fui capaz de robarle a la implacable rutina un pequeño momento de placer. Mientras me acomodaba en la cocina al calorcito del sol que se colaba por las persianas, disfruté a lo grande de una buena taza de té y de un trozo de tarta, servida con nata montada, también de mis plantas, del silencio, de mi gato y de más sueños a plena luz del día…. Cualquier oportunidad es buena para disfrutar de esos pequeños placeres cotidianos, ¿no es cierto?

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