Gàteau au yaourt {o un bizcocho de yogur para una madre impaciente}

He tenido una semana difícil, así que no sé si voy a tener la inspiración necesaria para escribir unas líneas que valgan la pena. He estado toda la semana encerrada, con los dos peques enfermos y a punto de subirme por las paredes o de tirarme por el balcón ;-) A pesar de estar malitos, H&M encuentran fuerzas y energías para pelearse por un libro o tirarse de los pelos por el mismo juguete. Es algo ilógico e incomprensible y cuando soy testigo de estas escenas, me doy cuenta de lo pequeños que son y de lo mucho que tienen que aprender todavía. Aprender a obedecer (sin ser sumisos), a ceder, a compartir, a controlar esos ataques de ira irracionales. Y por otro lado a mí, como madre, me toca aprender a tener más paciencia, a multiplicarla y sacarla de donde no hay, porque la santa paciencia hace que mantenga el equilibrio,  que no pierda el norte y que no me desplome cuesta abajo por esa montaña rusa emocional que a menudo está asociada al hecho de ser padres.

No os voy a mentir, no soy demasiado paciente. Ya me gustaría. Desde que soy madre ser paciente es un ejercicio que tengo que practicar a diario. A veces se me da mejor, y otras, peor. Hoy mis hijos han sido especialmente díscolos, pero yo no he sido muy paciente. Para limar asperezas y reconciliarme con mis hijos y con el mundo, decidí prepararles este sencillo bizcocho. Tenía que ser algo simple, sin rellenos ni cosas “raras”, pues a ninguno de los dos les gusta encontrarse con frutas o tropezones en el bizcocho (esto es algo que también espero que aprendan). Entonces me vino a la mente este bizcocho de yogur. Es simple, sí, pero también sabroso, suave y esponjoso. Una verdadera delicia, un clásico que nunca falla.

Una vez que H&M se fueron a dormir su siesta, me dispuse a hacer las fotos del bizcocho, con el alma rota y la autoestima de madre hecha añicos. Afuera empezaba a nevar con fuerza, pero sin viento. Me encanta cuando nieva así, me parece algo mágico. Sin embargo, a la vez lucía el sol y el cielo seguía de color azul, tal y como cuando amaneció. La mañana había llegado a su fin, y la tarde empezaba de forma plácida y apacible, con aquella nevada y una luz preciosa. Viendo la nieve caer, imaginé cómo cada copo se  llevaba consigo gran parte de mis pesares y frustraciones.  Entonces me sentí tranquila y en paz.

Poco a poco mis penas se fueron disipando, no sé si por la nieve o por el efecto terapéutico de las fotos y la creatividad positiva que éstas generan. Sólo sé que mis hijos durmieron una siesta de tres horas y al despertar, estuvimos tirados un buen rato en el sofá, abrazados los tres y felices…. como tres perdices ;-)

Para merendar, nos esperaba el bizcocho de yogur, que Maia devoró con más ganas que nadie. Es golosa, en eso nos parecemos bastante ;-)

Lo curioso de este bizcocho, que seguramente muchos ya conocen, es que para medir las cantidades, se utiliza un vasito de yogur, de los de 125 gr.

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La semana va llegando a su fin, pero lo mejor está aún por llegar. En nuestra familia, el domingo será un día especial, pues H&M cumplen tres años. El tiempo pasa, ya se sabe, pero la mejor evidencia de ello la encontramos en los niños y en la rapidez con que crecen. Espero que mis peques sigan creciendo y aprendan todo eso que aún les queda: a obedecer, a ceder, a compartir y a ser pacientes, al menos más que su mami ;-)

Feliz fin de semana!!!