Tarta de almendra y pera {Triste final para una tarta}

El 12 de febrero pasado fue un día especial. Cada año lo es ya que es el cumpleaños de mi padre y también el de mi hermano. El 12 de febrero de 1979 mi madre le ofreció a mi padre el mejor regalo de su vida, nada más y nada menos que un hijo,  un precioso y saludable niño a quien, en caso de ser varón,  ya le habían reservado el nombre de Víctor, en honor a mi tío materno. Sin embargo, al nacer mi hermano un día tan señalado, mi madre no tuvo otra  opción que cambiar de planes y llamar al recién nacido Antonio, por petición expresa de mi padre, quien casualmente también se llama así, como ya lo habréis podido adivinar.  Gracias a este nacimiento tan casual, tenemos a dos Antonios en la familia, sin contar al hermano gemelo de mi abuelo paterno, que también se llamaba Antonio Álvarez.

Bueno, la cuestión es que los dos hombres de mi familia cumplen el mismo día. Un acontecimiento digno de celebrar todos juntos siempre que sea posible. Este 12 de febrero, mientras mi hermano hacía treinta y pocos, mi padre cumplía los sesenta y cinco. Una edad considerable, aunque en el fondo, él sigue siendo un niño grande, nada que ver con la edad que marca el calendario.

Como casi siempre, me ofrecí a preparar el postre para la merienda-cena de celebración. Unos días antes, había visto esta estupenda tarta de almendra y pera en el blog de Heidi León, Aromas y Sabores, y de la que me había enamorado perdidamente. Ya sé que no es la típica tarta de cumpleaños, pero este detalle me daba un poco igual al tratarse de cumpleañeros adultos, así que opté por esta variante  menos convencional.

El estupendo pastel hubiera sido el broche ideal para este doble cumpleaños, si no hubiese sido porque mis hijos se las ingeniaron para destrozar la tarta hasta convertirla más bien en un puré de almendra y pera. Dicho destrozo debió de ocurrir en tan sólo unos minutos, durante el trayecto en coche de nuestra casa a la de mis padres, mientras la tarta viajaba en el asiento de atrás, entre Hugo y Maia. Antes de salir del coche, nos detuvimos unos minutos para rellenar unas postales de felicitación que acababa de comprar. Durante este ratito, los niños lograron zafarse el cinturón y sacar así al exterior ese pequeño diablillo que llevan dentro: en unos segundos, ya estaban dando vueltas por la parte trasera del coche, brincado, subiendo y bajando de los asientos…en fin. Jamás pensamos en la pobre tarta, tan ansiosos estábamos por terminar con las postales para salir del coche que por momentos parecía una casa de locos, o más bien una jaula de grillos. Una vez fuera, me percaté de mi falta de previsión, asumí los riesgos y me enfrenté a la bolsa de plástico que contenía el pastel no sin un poco de angustia. Desgraciadamente, mis sospechas no me defraudaron. En su interior estaba la tarta, o lo que quedaba de ella, seriamente dañada, cruelmente machacada y totalmente irreconocible. Os podéis imaginar cómo me sentí en ese momento y todo lo que me pasó por la cabeza, no voy a profundizar en los detalles. Sólo puedo decir que nada bueno.

Como era de esperar, ni mi padre ni mi hermano se afligieron demasiado por el destrozo de la tarta. Después de todo sólo era una tarta. Lo más importante era que nos habíamos reunido para festejar una fecha tan importante. No podía no estar de acuerdo, así que al menos hasta el instante de soplar las velas logré olvidarme del tema. Y cuando llegó el momento de repartir la tarta, se hizo lo que se pudo y cada uno de nosotros recibió un pequeño pedacito, que aunque bastante machacado, sabía divinamente.

Hugo y Maia no probaron la tarta, no sé si por vergüenza o porque aún no se acaban de animar con el mundo de la repostería. Cuando volvimos a casa mi marido me contó que al preguntarle a nuestra hija qué había pasado con la tarta y cómo habían hecho para destrozarla así, ella le contestó que sí, que le había puesto un pie encima, “pero sólo un pie, papi, los dos no….”

Ahora tengo la leve esperanza de que la próxima vez no utilicen los pies, aunque pensándolo bien, no creo que en los próximos años vuelva a dejar una tarta ni nada que se le parezca en el asiento de atrás tan cerquita de mis hijos, ¿no os parece?

Modifiqué ligeramente la receta de Heidi al utilizar más almendra en la elaboración de la crema frangipane. Aquí podéis leer su receta.  Además, podemos reemplazar las peras por manzanas u cualquier otra fruta según nos parezca.

Heidi, mil gracias por compartir esta receta, es una tarta que no decepciona: vistosa, exquisita y delicada, tanto de sabor como de textura. Desde luego, para repetir más veces y esperemos que con mejor suerte  ;-)

Buena semana a todos!!!

Guardar & Imprimir Receta