Vuelta a casa

Ya estamos de vuelta tras nuestra escapada a Salzburgo. Otra vez en casa, en mi cocina, con lluvia, frío y un aire gélido e impertinente capaz de hacer trizas cualquier sueño que podamos tener con la primavera y su calorcito. El tiempo no parece habernos recibido de la mejor manera, pero estamos nuevamente en casa y eso es lo que importa. 

En cualquier caso, no sólo llueve en Estocolmo. Por Austria y el sur de Alemania también llovía la semana pasada, y con eso me consuelo un poquito, a pesar de los grados de más y de los árboles en flor que casi me hicieron perder la razón por culpa de tanta belleza.

Como he vivido en varios países tengo el síndrome del desarraigo, para bien y para mal. Me obsesiona la idea de encontrar el lugar perfecto para vivir. No sé si existe, hasta ahora no lo he encontrado, pero yo lo imagino en mis sueños y lo busco en cada viaje que hago. Siempre que llego a un sitio nuevo me pregunto una y mil veces si podría vivir allí e intento buscar una respuesta concreta a esa pregunta. Una pregunta que por otro lado, no deja de ser hasta cierto punto retórica. No sé si mi país o ciudad ideal existe, me temo que no, pero en mis fantasías creo que no dejaré de buscarlo jamás, aunque simplemente sea una especie de juego.

Partiendo de que cada ciudad, país o continente tiene sus propios encantos, hay algunos lugares que nos llegan más al alma que otros y que nos enamoran perdidamente para toda la vida. Si bien un pedazo de mi corazón siempre estará ligado al Mediterráneo (aunque yo haya nacido más bien en el Caribe), otro pedazo no menos grande se siente identificada con el centro de Europa, no sé bien por qué . Tal vez son mis genes rusos que tiran para este lado del globo, aunque Rusia sea bastante diferente…

Del Mediterráneo amo su variedad de paisajes, de culturas y la apasionante historia de las civilizaciones que se han desarrollado en sus costas durante siglos y siglos. Por otro lado, Europa central tiene un no sé qué que me emociona profundamente cada vez que la visito. Además de la belleza del paisaje, me quedo extasiada recorriendo el casco antiguo de sus ciudades o disfrutando de la belleza idílica de esos pequeños pueblos donde todo se ve tan limpio y cuidado que me dan ganas de sufrir un arrebato, agarrar la maleta y bajarme corriendo del tren para empezar una nueva vida igual de idílica… 

Sé que la realidad es más compleja y no todo es oro lo que reluce. Como meros turistas vamos probando y saboreando realidades nuevas, sin poder hacernos una clara idea del resultado final. 

Después de toda esta historia creo que está de más decir que me encantó Salzburgo. No sé si me quedaría a vivir allí, pero ciertamente es una pequeña ciudad con muchísimo encanto. Si viajas allí podrás:

  • tirarte una foto en el aeropuerto nada más llegar con las montañas nevadas de fondo (prometo que la gente lo hace, aunque a mí no me dio por eso)
  • dar estupendos paseos a lo largo del río Salzach o
  • disfrutar de un paseo en carruaje por la ciudad
  • visitar los mercados al aire libre, donde venden productos típicos, pan y bollería casera
  • además de la tarta Sacher y del strudel, comer schnitzel al estilo de Viena o de Salzburgo
  • tomar cerveza, claro está ;-)
  • ir a esquiar, si te gusta
  • ir en tren hasta la ciudad alemana de Munich
  • subir a la fortaleza Hohensalzburg en funicular, desde donde se ven unas magníficas vistas de la ciudad
  • comerte al menos un bretzel al día, porque están buenísimos

Y más cosas….. pero eso que lo decida cada cual. Éstas son tan sólo las sugerencias de una pareja con niños pequeños y sus limitaciones ;-)

Os aseguro que mis dos diablillos disfrutaron de lo lindo de Salzburgo, al igual que sus papis :)

No me digáis que no le quedan bien esos sombreros ;-)

Bueno, y siguiendo la temática austríaca o centroeuropea debería haber traído una receta de aquellos lares, ¿verdad? Pues lo cierto es que traigo una comida inspirada más bien en el Mediterráneo. Se trata de unas ricas albóndigas de cordero y menta y una ensalada de zanahoria realmente deliciosa. Desde que di con la receta de esta ensalada hace un par de meses, la he preparado ya varias veces, pues desde el primer momento fue todo un éxito. Es fresca pero con carácter y tiene una mezcla de sabores muy interesante. Más que recomendable, os lo prometo.

La receta original no lleva ningún tipo de frutos secos. Sin embargo, creo que éstos le vienen de maravilla, pues el sabor dulce de las sultanas contrasta con el sabor salado del queso feta y las aceitunas kalamata. Si no podéis encontrar estas aceitunas, las podréis sustituir por otras aceitunas negras de sabor fuerte.

Espero os guste mi propuesta de hoy. Ya me contaréis.

Nos vemos pronto :)

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