Mac ‘n’ cheese, o macarrones con queso {Comiendo a solas}

Hoy hemos amanecido con una mañana espléndida, después de haber sufrido un fin de semana lluvioso, oscuro y algo triste. Han sido dos días tranquilos, con pocas actividades al aire libre, aunque ayer aprovechamos para dar un agradable paseo por las afueras de la ciudad, a pesar de los cielos encapotados y la constante amenaza de lluvia. 

Terminé con las manos heladas y  las botas enfangadas a más no poder, Hugo, con los pies mojados, y Maia, bastante cansada de tanto caminar. Sin embargo, la inolvidable imagen de ese bosque exuberante y multicolor, la merienda a la luz de las velas con gofres recién hechos que nos esperaba al final del paseo y el irresistible olor a leña que salía del café donde paramos hizo que estas pequeñas adversidades bien valieran la pena. Son esos momentos mágicos que nos salvan de la monotonía y el tedio un día cualquiera.

Ideal para reconfortar cuerpo y alma un frío día de otoño puede resultar un cuenco de mac ‘n’ cheese, o macarrones con salsa de queso. Bien caliente y humeante, cremoso en su interior y crujiente en el exterior y con ese inconfundible olor a queso, a cocina resguardada de la lluvia y el viento, a mimos de madre cariñosa y a calor de hogar….

Pocas razones veo yo para que no os guste este plato (bueno, siempre que nos guste el queso). Un clásico de toda la vida, sencillo, adaptable a vuestros gustos y preferencias (léase con/sin bacon, con/sin puerro, con/sin setas, con/sin verduras, etc….) Hay miles de posibilidades, sólo tenemos que poner un poquito de ganas e imaginación.

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Una vez terminada la sesión de fotos para esta entrada, cogí mi cuenco, lo calenté unos minutos en el horno y me lo comí todito sin tan siquiera sentarme a la mesa. Envuelta en una manta y acurrucada en el sillón de la cocina, disfruté de cada cucharada como una niña. Afuera llovía, el gato ronroneaba perezoso y entonces me di cuenta de que comer a solas puede tener su encanto.

¡Feliz comienzo de semana!